Waving Falling Leaf 2

martes, 10 de enero de 2017

14 de Octubre de 2016

Hoy, mientras estaba esperando al autobús al salir de la facultad. Llegaron dos mujeres y una niña de origen marroquí y se pusieron a esperar junto a mí. Les dije "hola". Parece que eso les sorprendió. Me devolvieron el saludo afectivamente con una cálida sonrisa.
Me gusta saludar a la gente cuando llego a algún lugar, pero parece que la gente no está demasiado acostumbrada a que eso pase. Por lo general voy concienciada de que muchos no me devuelven el saludo, posiblemente porque no se lo esperan.
El caso es que estas mujeres se sentaron junto a mí, viendo que las había "acogido" de manera quizás "diferente". Una de ellas dominaba mejor el español, la otra le costaba un poco más y se limitaba a mirarnos y sonreír, era la madre de la niña pequeña. Eran jóvenes.
La mujer que conocía mejor el español me preguntó que si venía de estudiar para iniciar una conversación. Le dije que sí y me preguntó qué estudiaba. Se lo dije y me respondió con cierto deje en la voz: "qué suerte".
Le dije que sí, que tenía mucha suerte y que si no hubiera ahorrado durante toda mi vida no podría estar estudiando por la condición económica de mi casa, por lo que era bastante afortunada.
Ahí fue cuando comenzamos a hablar, a pesar de que el autobús llegara, nos montamos, seguimos hablando y la hora de autobús se nos hizo corta.
Se llama Badia y tiene treinta años. Es viuda y tiene un hijo adolescente.
Ella estaba estudiando en Marruecos pero quería estudiar la carrera universitaria y le dijeron que en España era mejor. Qué cosas. Cuando llegó a España le dijeron que su título de Bachillerato aquí no valía, no podía estudiar en la universidad y no se consideraba que tuviera estudios, por lo que no podía optar a un empleo acorde a lo que ella tenía.
Había pagado casi todo su dinero en venir hacia aquí y después había pagado una cifra bestial a un empresario para que le hiciera un contrato. Un contrato de unos meses, porque nunca más la volvió a llamar.
Pero eso no es todo, porque tampoco podía comprar una casa sin dinero. Y su hijo no podía entrar en el instituto sino llevaban tres años empadronados en el pueblo.
Qué grandísima locura.
Por suerte, debido a sus estudios y su dominio del español, sabía donde ir, cómo moverse, pero parece que eso no es suficiente.
También me contó que la vez que más vergüenza pasó en España fue una en la que estaba esperando al autobús y dejó pasar a una señora mayor. Esta pasó y se quedó hablando con una amiga, por lo que cuando se fue a sentar, ya no había sitio.
Miró hacia todas partes y sus ojos se depositaron encima de Badia.

-Tú, mora, levántate y dame mi sitio.
-Disculpe señora, pero yo he llegado antes.
-Me da igual, tu no eres de este país, yo tengo más derecho que tú a sentarme ahí.
-Siento mucho que piense así, pero no creo que una persona tenga más derecho que otra a sentarse.
Después de una serie de insultos por parte de la señora, en la que Badia estuvo callada respetuosamente, al fin habló para decir lo siguiente:
-Usted no me ha pagado el billete del autobús. Si lo hubiera hecho podría decir que este sitio le pertenece. Usted se ha quedado charlando cuando fui yo la única que le dejó pasar delante, una mora, sí, pero no con menos derecho que usted.
La señora ardía en cólera y por supuesto, formó un buen espectáculo.
Finalmente, el conductor del autobús llamó a la policía y denunciaron a la señora por la agresión verbal tan fuerte que había cometido hacia Badia. Alguna gente fueron testigos y reconocieron lo que había pasado.
Aunque Badia en esta ocasión "saliera ganando", para ella no fue una victoria, puesto que consideraba que había sentido mucha vergüenza y no quería faltarle el respeto en ningún momento a la señora, puesto que en su cultura se respeta muchísimo a las personas mayores. Se sentía muy mal por el trato recibido y para ella fue una de sus peores experiencias.
Hicimos buenas migas, criticamos un poco a la sociedad y planteamos de qué manera podrían mejorar las cosas. Soy consciente de que algunas personas del autobús nos estaban mirando bastante mal, no se puede evitar que haya gente racista.
Me agradeció mi atención y me dijo que ojalá nos volviéramos a ver, me deseó lo mejor para mí y para mi familia. Fue un verdadero encanto.

Esta anécdota me va a servir para hacer referencia a dos conceptos.

En primer lugar, quiero traer una temática que a primera vista no tiene mucho que ver, pero que he pensado a raíz de la historia. Se trata de la renta básica.
Voy a citar textualmente de manera anónima algo que he leído: "Una renta básica premiaría a los vagos de siempre: los que quieren vivir del Estado sin trabajar. ¿Qué ejemplo le daría a mis hijos? Vagancia no, gracias". Otro comentario expresa lo siguiente: "La renta básica fomenta vagos, dediquen el dinero a las políticas de empleo, a pagar las farmacias, la dependencia y la sanidad".
La renta básica es una manera de premiar a los vagos. Eso dice el pueblo. ¿Verdaderamente es así?
¿No está beneficiando la renta básica a aquellas personas que sin muchos recursos necesitan una vivienda, una vida digna?
Mi opinión al respecto es que es una daga de doble filo.
Por un lado, considero que aunque se diga que algunas o muchas personas se están beneficiando de esto, considero que son muchas más las que sin recursos puedan obtener un tipo de ayuda y que por tanto, es beneficioso.
Pero por otro lado pienso, que es una manera de callarnos la boca. ¿No sería más productivo en lugar de una renta básica, un trabajo básico? Que todo el mundo pudiera disponer de un empleo con el que abastecerse, por ejemplo. O darnos algún tipo de recurso para poder generar por nosotros mismos.
Es decir, mi primera opinión es enfocada a un desarrollo sostenible, mientras que la segunda, a uno sustentable.
En este sentido, sería preferible la segunda, no obstante, soy consciente de que es algo bastante difícil de conseguir.
En cuando al trabajo, esa es otra cuestión de la que quiero hablar dentro de esta temática. Se nos encara mucho el hecho de aceptar un tipo de trabajo que nos denigra o bien, nos explota. También se critica sobre todo mucho a los inmigrantes por esta cuestión, en cuanto que se considera que no solo "vienen a quitarnos el trabajo", sino que además se les achaca de estar en unas condiciones pésimas siendo culpa de ellos. Me parece una manía destructiva la de echar la culpa siempre a la víctima: "La culpa es de nosotros por aceptar esos trabajos".
¿Seguro que es de nosotros?
Nunca me ha gustado que se culpabilice a la víctima de un proceso, si bien es cierto que puede decirme cualquiera: "es que si lo consientes, estás de acuerdo por tanto es culpa tuya". Aquí haré referencia a una temática bastante controvertida y es cuando a veces se le echa la culpa a una mujer que ha sufrido maltrato. ¡Y se la culpa de no haber podido hacerle frente, de haber consentido! Desde mi punto de vista es algo que no puedo concebir.

Volviendo al tema inicial, en segundo lugar, el siguiente concepto que quería destacar es la perspectiva paisajística, es decir, cómo me afecta emocionalmente el lugar donde yo vivo.
En este sentido, por ejemplo, siempre he sido más propensa que mis amigas a hablar con personas que aparentemente no tienen tan buen aspecto por dos razones:
En primer lugar, vivo en un barrio humilde, me he criado sabiendo que a tres casas había personas drogodependientes o bien, traficantes. Nunca he juzgado a nadie por tener un aspecto más humilde o descuidado que el mío. No obstante, como es natural, sí que he tenido precaución, por vivir donde vivo y por varias experiencias.
En segundo lugar, el hecho de vivir en un pueblo pequeño siempre ha fomentado la idea de convergencia. La manera de sobrevivir y llevarte bien con todo el mundo es ser uno más, tener los mismos ideales, gustos y hacer las mismas cosas que el resto. Ese no ha sido mi caso puesto que mi padre es de otra ciudad y no comparte las tradiciones de aquí, y por otro lado, siempre me han y me he considerado bastante rarita y no compartía muchas cosas con las chicas de mi edad. Este hecho es el que me ha hecho disfrutar de la diversidad, la diferencia, apreciar a la gente que sea distinta a mí, buscar la esencia de cada persona como alguien individual.
De esta forma, puedo explicar de qué manera me ha afectado a mí mi perspectiva paisajística.

¿De qué manera le afectaría a Badia? ¿Cuántos choques culturales tuvo que encontrarse al venir hasta aquí? ¿De qué forma estará intentando resolver todos estos choques? ¿Habrá buscado compañeros?

La unión hace la fuerza.
Y es cierto que cuando nos sentimos diferentes y solos, nos gusta encontrar en el camino gente que nos entiende, que comparte nuestras preocupaciones, que nos sabe escuchar.
Esto es lo que nos hace agruparnos.
Esto es lo que nos hace participar.
Esto es lo que nos hace crear un compromiso.

Si utilizáramos esto a nuestro favor, veríamos que sería mucho más fácil hacer una construcción ética de la ciudadanía. Conseguir que la gente participara, que se uniese a la causa y que todos juntos pudiéramos luchar contra o para algo.






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