Aunque este día no puede asistir a clase debido a que estuve bastante enferma, me gustaría hablar un poco de mi experiencia y mis reflexiones en el día de hoy, puesto que algunas sí que tienen que ver con la educación ambiental.
Todo comenzó probando un poco de pescado en mal estado. Lo escupí al instante. Desgraciadamente siempre suele tocarme a mí probar los alimentos caducados en casa. Estuve toda la noche con unos fuertes dolores de barriga, pero lo relacioné a que podría tener gases.
Las cinco de la mañana. Por primera vez, después de diecisiete años, puedo decir que he vomitado.
¿Qué fue lo primero que pensé? Por supuesto, el pescado.
Y ahí comenzó mi debate interno. No era la primera vez que me ponía enferma por haber consumido algo en mal estado y no paraba de pensar que en mi casa tenemos un serio problema con eso. Por lo general, mis abuelos priman siempre la cuestión económica que la sanitaria. Suelen comprar productos en rebajas o muy, muy baratos, sin tener en cuenta que si se venden a esos precios, suele ser por algo. Por lo general, les caduca antes de que puedan llegar a consumirlos o directamente ya venían en un estado desastroso. Y claro, siempre hay alguien que cae en esa trampa cuando te dan una comida preparada sin el envoltorio con la fecha de caducidad (suelo ser yo esa víctima).
Lo que me gustaría plantearme es, ¿cómo podemos llegar a esos niveles? ¿Cómo aquello que nos venden como más barato puede primar ante aquel que tenga unas mejores condiciones? ¿Por qué todo tiene un precio? Porque en este caso, mi salud tenía un precio.
Basta de comerse la cabeza. En esta ocasión no tenía nada que ver.
Gastroenteritis. Nada más y nada menos. Nada de intoxicaciones alimentarias como había pasado otras veces.
Así que como os podréis imaginar, estuve todo el día en el baño debido al virus.
Pero no, no se penséis que mi rayada mental cesó. Me seguía viniendo continuamente el sabor del pescado.
Los días siguientes, fueron de recuperación, he de decir que también de concienciación.
Le había cogido un tremendo asco al pescado en general. Y pensé que esa era la oportunidad perfecta para plantearme mi alimentación y apostar por una más sana (en mi casa consumimos un exceso de proteínas a mi parecer). Así que ahora que no podía tolerar el pescado y la carne se me hacía pesada, ahora que había acostumbrado a mi estómago a comer menos, quizás era la ocasión idónea para hacerme vegana.
Mentira.
Me lo planteé, estuve buscando dietas veganas y tiendas en Sevilla donde vendieran productos especiales, pero no sirvió de nada porque mi familia se negó en rotundo. Intenté convencerles de los múltiples beneficios que una dieta vegana tiene tanto para mi salud como para el medio ambiente, pero mis argumentos no fueron suficiente.
Imagino que hasta que no me independice no podré cambiar mis hábitos.
Una dependencia económica trae consigo un control exhaustivo en una vida en general.
Y bueno, me costará desprenderme de la carne, porque he de decir que el hecho de consumir tanta (y que me da repeluco la textura de las verduras al masticarlas), pero me gustaría hacer algo más e intentar aportar mi pequeño grano de arena para evitar la sobreexplotación y producción de carne.
Por supuesto que en un futuro si lo intento, me costará, pero si no lo consigo o veo que no me viene bien, tan solo puedo optar por reducir el consumo de carne e informarme mejor de lo que compro y en qué medida está perjudicando al medio.
No hay comentarios:
Publicar un comentario