Primeros años. Educación familiar.
Para comenzar, mi vida comenzó un
Viernes de Dolores, 25 de marzo de 1994, a las 18:15. Mi padre es de un pueblo
de Córdoba y mi madre de un pequeño pueblo de Sevilla. Ambos se han criado bajo
unas costumbres y unos valores de pueblo, más bien humilde, por ello esa
mentalidad de valorar las pequeñas cosas o luchar por lo que quiero, me ha sido
heredada de ellos. Desde mi primer aliento en este mundo ya dejé constancia de
que iba a ser una niña muy dócil. Parece, que no estaba dispuesta a llorar y
así fue a lo largo de todo el período en el que aún era un bebé. Mis padres
pudieron disfrutar, según sus palabras, de la experiencia de ser padres
primerizos, pues era tranquila y me acomodaba a todo lo que ellos hacían o
querían. A pesar de que por motivos de trabajo no podían pasar mucho tiempo
conmigo, por lo que los pocos ratos que pasábamos juntos, era muy tranquila.
Además,
comencé a hablar muy pronto. Sin embargo, algo que me costó más trabajo fue andar
y para ello sí que fui un poco más torpe, es cierto que cada niño tiene unas
cualidades y unos son más aventajados en unas cosas y otros en otras. Por ello
no puedo alardear del hecho de que comenzase a hablar con coherencia bastante
temprano, al igual que aprendí a leer muy pronto, pues el desarrollo motor fue
más tardío.
Como he dicho,
durante mi infancia, mis padres estaban trabajando y ambos fuera de mi pueblo,
en el pueblo vecino, por lo que pasé prácticamente toda mi niñez con mis
abuelos.
Yo no fui a la
guardería como la mayoría de mis compañeros, así que no tenía mucha experiencia
en eso de estar en clase con muchos niños y un profesor solo para ti. Estaba
acostumbrada a estar en mi casa, con mis abuelos que estaban siempre atendiendo
la tienda de auto-repuestos que tenían. Estaba acostumbrada a ver a la gente
entrar y salir de mi casa en busca de piezas y útiles que necesitaban, no lo
entendía muy bien, pero sí que sabía que debía ser educada y estar tranquila
ante la presencia de la gente desconocida. Eso, quizás, facilitó mi entrada en
el colegio.
En cuanto a la
educación que se daba en el colegio, yo iba más adelantada, a pesar de no haber
ido a la guardería, puesto que como pasaba mucho tiempo sola mientras mis
abuelos atendían la tienda, mi tía me dejaba echa fichitas que yo me entretenía
haciendo, además que como dije, aprendí a leer pronto, ya que me encantaban los
cuentos.
Educación Infantil. Preescolar.
No lo recuerdo muy bien, al
principio me costó un poco acostumbrarme y hacer amigos, sobre todo porque me
llevaba mejor con los chicos, ya que siempre había tenido a mi primo David y
estaba más familiarizada con la presencia masculina. Sin embargo, con las
chicas tenía cierto recelo, un poco de miedo a un rechazo por su parte, pues la
única niña que conocía era mi prima Ana Belén de Córdoba y ella y yo éramos
polos opuestos, pues era una niña muy graciosa, que desde pequeña ya dejó claro
su fuerte carácter y rebeldía y siempre que venía a mi casa era para romperme
los juguetes o robármelos. Y yo pues tenía cierto prejuicio hacia las chicas, o
eso pienso ahora que es lo que justifica que lo tuviera, porque era demasiado
pequeña para razonar de otra forma.
Pero bueno, me
fue bien. Hice muchas amiguitas en clase, aunque también grandes enemigas.
También tenía muchos amigos, al principio siempre estaba con un niño que era un
año mayor que yo (esto en parvulito). Cuando pasé al segundo curso de
parvulito, él ya había pasado a primero de Primaria, y por tanto, al recreo “de
los niños grandes”, así que no lo volví a ver nunca en mi vida. Por eso, empecé
a tener una bonita relación de amistad con una niña, Ana Belén, que me ha
acompañado durante todos estos años, hasta hace relativamente poco.
Me gustaba ir
al colegio, me sentía muy bien con mis nuevos amiguitos y con “mi señorita
Loli” que siempre tenía bonitas palabras que dedicarnos. Era muy dulce y buena.
Aunque a día de hoy, he podido ver distintas pautas de enseñanza que cuando era
pequeña no podía apreciar y ahora sí que lo veo como algo negativo. Para
empezar, cuando comencé en el colegio, dibujaba con la mano derecha y escribía
con la izquierda. Mi “seño” me dijo que eso no estaba bien y que debía coger el
lápiz únicamente con una mano, a poder ser la derecha si es que tenía que escoger
una. Y no entiendo ahora, ¿por qué obligar a un niño a limitarse? No sé, aún
hoy sigo haciendo muchas cosas con la izquierda, otras con la derecha, otras
con ambas manos. Sin embargo escribir, ya me acostumbré a hacerlo solo con la
derecha.
Por otro lado,
tampoco entiendo la competitividad que nos hacían desarrollar. Pues no sé,
alguna gente piensa que es positivo, pero no veo muy sano que unos niños
pequeños rivalicen por estar sentados en mesas de diferente color. Había cuatro
mesas: La verde, la amarilla, la roja y la azul. Y aún recuerdo (yo era de la
amarilla) y consideraba que todas las personas de la amarilla eran graciosos,
simpáticos y buena gente, los de la azul eran unos niños que iban de
“sabelotodo” y eran fríos y antipáticos, los de la verde eran muy peleones y
malos, los de la roja eran tontos y se comían los mocos. Esto realmente no era
así, era el prejuicio que teníamos nosotros respecto a los niños de las
diferentes mesas solo por el hecho de no pertenecer a la nuestra, había como,
no sé, una marginación en ese sentido. Y lo cierto es que solo me llevaba bien
con los niños de mi mesa, cosa que se alargó hasta por lo menos cuarto o quinto
de primaria, los grupitos ya estaban hechos y tú veías diferente y peor al que
no pertenecía a tal.
Recuerdo
también que me castigaron dos veces en mi vida, una fue copiando mi nombre
muchas veces, porque como yo me había criado con mi abuela y ella no sabe muy
bien escribir, yo pensaba que mi nombre era “Critina”, la profesora me hizo
escribirlo bien muchas veces, aunque realmente no entendía lo que estaba
haciendo ni por qué, cuando llegué a mi casa, mi madre me lo explicó y a partir
de ese momento empecé a tener más cuidado al escribir mi nombre.
Otro castigo,
fue porque una niña de otra clase me empujó contra un cristal, porque era una
niña muy traviesa y nerviosa, entonces la profesora pensó que nos estábamos
peleando, aunque yo solo estaba de paso. Tampoco entendí el motivo del castigo
ni por qué razón me había quedado sin recreo. Pienso que a veces, antes de
castigar hay que hacer ver (o intentarlo) a los niños qué es lo que han hecho
mal para que no lo vuelvan a hacer, y después ya llevar a cabo el castigo.
Otra
cosa de la que tenía verdaderas ganas, era de apuntarme a karate, aunque mi
madre pensó que eso no era lo adecuado para una niña, pues la gente iba a
hablar de mí y sobre todo de ella, en el pueblo las cosas funcionan de distinta
forma. Así que para “contentarme” me apuntó a clases de Sevillanas. Fue lo peor
que podría haber hecho nunca. Me sentía una completa inútil.
Mi motivación
respecto a las clases era algo así como nula. Y la escasa motivación que tenía
incrementaba el hecho de que no aprendiera nada en absoluto, lo cual bajaba mi
autoestima porque me sentía una inútil, que desembocaba en una baja motivación.
Sí, el pez que se muerde la cola. Al final mi madre comprendió que aquel no era
mi mundo, y me quitó.
Intentó
después apuntarme a clases de pintura, pero iban muy atrasados, dando unas
cosas tan básicas que yo me aburría. Así que al final también me quité.
Educación Primaria.
Primero y segundo de Primaria.
Los años de preescolar pasaron, y
continuamos nuestro crecimiento en primero de primaria. Nos sentíamos grandes,
por poder salir “de la jaula” que nos apartaba del resto del colegio por ser de
parvulito; y a la vez pequeños, porque todos los niños se veían muy grandes
allá afuera en el patio del colegio, donde nosotros parecíamos simples pollitos
recién salidos del cascarón. Me aferré con más fuerza a las amigas hechas en
parvulito, especialmente a Ana Belén.
Nos tocó un
maestro estupendo llamado Francisco Javier que nos hacía aprender de una forma
curiosa, no sabíamos realmente qué estábamos aprendiendo pero realmente,
mediante juegos estábamos adquiriendo un montón de aprendizajes nuevos.
Recuerdo
además, que nos hacía una leve introducción al idioma que íbamos a empezar a
tratar en tercero: el inglés. Muchas veces nos decía el nombre de los colores,
o de los números, aunque no estuviese en el temario, pero eso ayudó muchísimo
cuando llegamos a tercero.
Tuve otro
maestro de gimnasia en aquella época. Era un tipo muy serio que nos obligaba a
mantener silencio y colocarnos muy rectos en la silla, con la cara apoyada en
los nudillos y la expresión más seria que pudiésemos adoptar. A algunos les
entraba la risa y los castigaba, a otros nos salía verdaderamente bien y no
tuvimos quejas por su parte.
Tercero, cuarto, quinto y sexto de Primaria.
Llegamos a
tercero de primaria, y esos cuatro años hasta finalizar el colegio y llegar al
instituto nos determinaron totalmente. Nuestro tutor, Don Rafael, parecía un
hombre muy serio y frío. No solía sonreír nunca y era muy exigente, pero poco a
poco descubrimos que era un hombre muy bueno, que sabía sacar lo mejor de
nosotros y nos exigía mucho para que pudiésemos llegar a donde deberíamos, a
donde nuestras capacidades cognoscitivas nos dejasen.
Fue la primera
persona que vio en mí cualidades que ni yo misma sabía que existían. Me dijo
que probablemente las matemáticas nunca fuesen lo mío, y que intentara ir hacia
un camino donde las matemáticas no me frustrasen ni me hicieran creer que era
una inútil, pues a cada persona se le daba bien unas cosas distintas, y lo mío,
según decía, era Bellas Artes. Me hizo mucha ilusión que ese hombre depositara
esa confianza en mi manera de dibujar, y me motivaba mucho.
Fueron cuatro
años donde aprendí muchísimo y gané un montón de concursos, pues él siempre me
animaba a participar. Yo era muy tímida y nunca me atrevía a dar ese paso,
porque siempre pensaba que habría gente mejor que yo. Gracias a él me presenté
y quedé en muy buenas posiciones: Dos años consecutivos quedé la segunda, es
decir, finalista en un concurso de poesía; gané un concurso de cuentos; otros
dos años consecutivos gané el mejor Christmas de Navidad. Y esos eran concursos
de todo el pueblo, en mi colegio gané muchas cosas pero no podría enumerarlas
todas, y todo eso fue gracias a él, que me motivó para hacerlo y por fin
entendí que era buena en algo.
La poesía,
escribir cuentos, dibujar, eso era lo que verdaderamente se me daba bien y por
fin lo conocía. Desde pequeña siempre me había sentido muy afectada por
intentar buscar qué era lo mío, para qué servía yo. Pensaba que cada persona
nace en la vida para algo, que todos tenemos una función y perdía mucho tiempo
pensando cuál sería la mía, cuál sería mi futuro.
Pues bien este
hombre, quizás lo único mal que hizo, fue escuchar a un psicólogo. ¿O era
pedagogo? Lo cierto es que había un hombre que se encargaba de “tratar” con
cierta frecuencia a un niño de mi clase. Era muy travieso e inquieto, siempre
estaba haciendo cosas malas, una experiencia directa que tuvo conmigo fue
ponerme una grapa en las posaderas para “demostrarme” que yo era de su
posesión, ya que en parvulito y quizás también en primero y segundo de
primaria, ese niño decía que era mi novio, cosas de críos. A lo que yo
enloquecía diciendo que jamás un niño tan malo iba a ser mi novio. (Como
cambiamos las mujeres al llegar la adolescencia). Pues bien, ese psicólogo,
pedagogo o lo que fuese, trataba periódicamente a ese niño a partir de cuarto
de primaria, creo recordar. Siempre tuve mucha curiosidad por saber qué hacía
él allí y por qué razón lo habían llevado con ese hombre, ¿de qué hablarían?
¿Qué era lo que le decía?
Ese hombre, le
sugirió a mi maestro que lo mejor para facilitar una buena convivencia en clase
era colocarnos al lado de la persona que quisiéramos. Nos pasó un papel donde
teníamos que poner la persona que queríamos que se sentase al lado nuestro, y
las que no. Ese papel evidentemente era secreto, como una votación.
¿Qué fue lo
que pasó? Que la clase se convirtió en una especie de U, donde el profesor
estaba en el centro, una fila era entera de chicas y la otra de chicos. Los
teníamos enfrente y era como una especie de enfrentamiento. Eso nos hizo
rechazarlos más, en esa época tan difícil, sexto de primaria o quizás quinto,
donde los niños y las niñas ya tenían un claro rechazo hacía el otro género.
Para enfatizar aún más ese rechazo, ¡vamos a separarlos por filas! Y hacíamos
concursos y todo de niños contra niñas para demostrar quién era mejor.
Había un
concurso en mi pueblo llamado la “LIGALIBRO”. Se trataba de una competición
entre todos los colegios del pueblo. En quinto escogieron a los dos chicos “más
listos” de la clase para representar al colegio. Pero al año siguiente, supongo
que para que no pensaran que era machismo coger siempre a chicos, escogieron a
las dos chicas “más listas” de la clase para representar al cole. Así, mi amiga
Ana Belén y yo fuimos seleccionadas y gracias a nuestro equipo, nuestro colegio
ganó por primera vez la “LIGALIBRO”, nos dieron un montón de libros para la
biblioteca del colegio y creo que también un cheque. Hacíamos un equipo
estupendo, pues entre nosotras había la confianza desde pequeñas, yo me
encargaba de la parte más creativa y ella de la más lógica, los chicos de la
otra clase se limitaban a obedecernos, y dar la cara, pues eran más
extrovertidos que nosotras, que ambas éramos muy tímidas. Aquel concurso me
hizo abrirme a gente desconocida y disfrute mucho en aquella competición, pues
me sentía útil contribuyendo con lo que mejor sabía hacer.
Aunque no todo
era color de rosa, pues también en aquellos años comencé a ser aún más
introvertida. Me sentía “diferente” y “rara” y el famoso efecto Pigmalión del
que pocos individuos se libran. Me sentía extraña entre las niñas, que ya solo
pensaban en dar una vueltecita por el recreo para hablar de chicos y
telenovelas, como Ana Belén, mi mejor amiga, que ya tenía otra forma de
comportarse y en ocasiones me trataba como si fuese una inmadura.
Posiblemente
lo fuera, ya que yo quería seguir jugando con los niños al escondite o a la
pelota. Pero ellos también cada vez iban teniendo otras aspiraciones y sobre
todo, un llamativo rechazo hacia las chicas, yo ya no pertenecía a su grupo.
¿Algo positivo? Había otra chica como yo, le gustaba más jugar con los chicos y
no le apetecía estar dando vueltecitas y cotorreando con el resto de las niñas,
ella era Desi. Me vino muy bien conocerla e intimar más con ella (ya que esta
niña pertenecía a la mesa azul, recordemos las mesas de parvulito y el hecho de
que no nos habláramos con los niños de las otras mesas en los años siguientes).
A los diez
años, para incrementar este rechazo, me vino mi primera menstruación. Aún no le
había venido a casi ninguna chica y eso me etiquetaba como diferente. Las
bromas en clase comenzaron por simples compresas pintadas de rojo pegadas en la
silla, en la mesa o en el interior de la mochila. Pero cada vez se iban
haciendo más insoportables y más frecuentes. Dicen que los niños tienden a ser
crueles, y que una simple broma no frenada a tiempo puede hacer mucho daño.
Prefería no hablar del tema en casa, ni de por qué llegaba con los pantalones
rotos por la rodilla, eso era cosa mía. Confiaba en que el maestro frenara la
situación, pero él no podía darse cuenta de nada si yo no se lo decía, y
evidentemente yo no era una chivata. Mi plan B era empezar el instituto con
mejor pie.
Educación Secundaria.
Primero de la ESO.
Mi ánimo
descendió radicalmente a unos niveles totalmente dramáticos cuando me di cuenta
de que había caído sola en clase, mis amigas habían caído juntas en la misma
clase. Me sentía desplazada porque ellas estaban consiguiendo hacer nuevos
amigos, muchos compañeros nuevos, y no estaban solas porque habían caído
juntas. Por mi parte, sin embargo, la única chica que cayó en mi clase de la
gente que conocía era una de las niñas con las que peor me llevaba en el
colegio porque era una de las que más se metían conmigo y apoyaban ciegamente a
la cabecilla de todo el acoso y las burlas.
Sin embargo,
me iba bien en clase y seguía sacando muy buenas notas, aunque he de admitir
que no tengo muy buenos recuerdos de los profesores de primero y segundo, no
favorecían mucho el aprendizaje. Todo era estudiar de memoria y se acabó, por
aquel entonces, digamos que no me costaba trabajo quedarme con las cosas, así
que me confiaba y no estudiaba. Sacaba buenas notas de todas formas. Los
profesores se limitaban a darte una hoja, tú tenías que estudiártela de memoria
y plasmarla en el examen tal cual.
Mis amigas
fueron creando una pandilla con la gente de su clase, evidentemente me
incluyeron en la misma, no me iban a dejar de lado, eran mis amigas. Sin
embargo, era evidente que yo pertenecía a otra clase, porque muchas veces
andaba un poco pérdida en cuánto a las cosas que hablaban o las cosas que
decían que les habían pasado. Yo me lo perdía todo.
Faltó poco
tiempo para que todos se dieran cuenta de que soy una persona demasiado
expresiva, que hago continuamente muecas, y eso era un motivo de burlas
impresionante. Todos los días me desaparecía el dinero que me daba mi madre
para comprarme algo en el instituto si me hacía falta. En ocasiones (muchas
ocasiones), también me faltaba la merienda. En alguna que otra ocasión, me
encontré la mochila del revés (con las costuras por fuera) y todos mis libros y
cosas desparramadas por el suelo y la mesa, perdía mucho tiempo guardándolo
todo, porque me llevaba muchísimas cosas a clase.
Además, las
chicas sobre todo, ponían especial atención al físico, nunca es que haya sido
muy agraciada, pero supongo que en aquella época me llevaba el premio, por lo
que continuamente tenía que soportar como se reían y burlaban de mi
aspecto.
Los
profesores, evidentemente, no se daban cuenta de nada, sí ya es difícil hacerlo
en una clase en el colegio, más difícil es controlar eso en un instituto. De
todas formas, yo seguía sin “soltar prenda”, no debía darles más preocupaciones
a mis padres, ni me fiaba de mis profesores, pues si les contaba algo, lo más
probable es que lo dijeran de forma poco sutil y esos compañeros empeoraran su
comportamiento. Con el tiempo me fui volviendo cada vez más desconfiada, no
creía que nadie pudiese ayudarme, lo más seguro es que quien lo intentara
fracasara en el intento y lo empeorase todo. A veces se me quitaban las ganas
de ir a clase
Segundo de la ESO.
En segundo de la ESO, los
profesores llevaron a cabo una metodología un tanto peligrosa, desde el punto
de vista de muchos padres. Decidieron, por consejo del orientador, colocar un
niño “malo” con un niño “bueno”. A los que más trabajo les costaba aprobar, con
los que mejores notas sacaban. Los que más solían formarla en clase, con los
más callados y tranquilos. Durante algunas semanas, estuve sentada junto a uno
de los chicos más populares de clase. Sus bromas pesadas y su poca vergüenza,
derivada a falta de respeto, le habían convertido en el líder. A veces me hacía
pensar que en el fondo me tenía cariño, porque tenía bonitos detalles conmigo
en ocasiones. Pero la mayor parte del tiempo se dedicaba a reírse de mí junto
al resto de la clase que se desternillaba de risa y le seguían como fieles discípulos.
Años más tarde descubrí que tan solo era un niño con una brutal falta de
autoestima, que solo necesitaba ocultar lo que era: homosexual.
Durante
prácticamente un trimestre entero, estuve sentada junto a otra chica, mis
padres se opusieron totalmente y estuvieron a punto de hablar con el profesor,
pero siempre les frené para que no me dejasen en evidencia y que fuese peor.
Esta chica tenía grandes dificultades para aprobar, para entender las cosas que
se me daban en clase y estaba siempre sentada en la última fila riéndose de los
profesores o de los compañeros.
Al principio
fue un infierno estar con ella, no dudó ni un momento en mostrarme lo que ella
pensaba de “las empollonas mojigatas” como yo. Poco a poco, parece que empezó a
cogerme algo de afecto, o eso pensaba yo, pues su carácter apático y repulsivo
hacia mí, se convirtió en “maternal”, como si hubiera muchas cosas en el mundo
que yo no supiera y ella fuera la encargada de enseñármelas. Cogió una
confianza excesiva conmigo y me contaba con todo lujo de detalles todo lo que
hacía con cada chico con el que salía cada semana, las mejores técnicas para
que el alcohol se te suba antes a la cabeza, se liaba porros en clase y se
empeñaba en mostrarme cuál era la metodología exacta para hacerlo. Y muchas
veces se frustraba mucho cuando comprobaba que yo no tenía el menor interés por
aprender su gran sabiduría. Mis libros de segundo están completamente
“pintarraqueados”, porque sin pedirme permiso los pintaba con rotulador
permanente. Además continuamente llegaba a mi casa llena de moratones porque a
ella le daban arranques de locura extraños y repentinos. Evidentemente estar
sentada conmigo no la hizo cambiar, como el profesor pensaba. Evidentemente
estar sentada con ella no me hizo cambiar, como mis padres pensaban.
Tercero de la ESO.
Recuerdo más
tercero y cuarto de la ESO.
Hubo una
asignatura que se me metió entre ceja y ceja: Física y Química. La odiaba. Y no
entendía para qué servía. Suspendí el primer trimestre, pero como nunca había
suspendido en mi vida, me entró tal agonía que saqué un ocho en el siguiente
trimestre, y no recuerdo que nota tendría en la final, pero no era baja.
Conocí a
profesores maravillosos, sobre todo a Sonia, la profesora de Biología, que
aunque yo no sacara las mejores notas en su asignatura, me motivaba un montón a
seguir esforzándome. Era todo un placer estudiar y aprender con una persona
así, que confiaba en mí. Era una profesora muy dinámica y tenía mucho carácter.
Era exigente y nerviosa, estaba siempre de un lado para otro, dando brincos y
proponiendo cosas nuevas. A veces creíamos que nos exigía demasiado, pero a mí
me encantaba su manera de enseñarnos.
De nuevo, en
matemáticas, decidieron distribuir la clase en “callados-revoltosos”. Ya que
eso de “torpe-inteligente” no se podía hacer en una clase donde ya habían
seleccionado “a los inteligentes” para dar matemáticas B. Y otra vez, me
sentaron al lado de una chica un poco revoltosa y me cambiaron de la primera a
la última fila, como si ya no me resultase complicado entender las matemáticas.
Al menos me lo pasaba bien con esa chica porque siempre fue simpática conmigo.
Y la clase de matemáticas era muy distinta, no había alumnos gamberros, todos
eran muy estudiosos y eso me gustaba porque allí no era motivo de ningún tipo
de burla.
También he de
decir, que no era todo tan dramático, la mayoría del tiempo era el prototipo de
ignorada, nadie se percataba de mi presencia. Exceptuando dos ocasiones: Para
pedirme los deberes o copiarse en los exámenes a lo que yo accedía totalmente
sumisa; o bien, cuando necesitaban burlarse de alguien, siempre estábamos los
típicos callados de siempre que asumíamos el insulto sin quejarnos.
Cuarto de la ESO.
En cuarto la
cosa empezó a dar un cambio radical. Para empezar teníamos que seleccionar un
tipo de cuarto dependiendo de lo que fuéramos a escoger para Bachillerato. Como
no tenía claro que era lo que iba a hacer, escogí lo que más me llamó la
atención (y lo que cogió también Ana Belén, mi mejor amiga).
Estábamos en
4º C, por lo que dábamos todas las materias ahí citadas, sin embargo dábamos
también Matemáticas B y Biología, una mezcla. Y así he sido siempre, de
mezclas. Me fue bien. Matemáticas y Biología me costaban un montón, así que eso
me hizo darme cuenta que yo no valía para el Bachillerato de Ciencias.
En matemáticas
tenía un profesor muy exigente y odiado por prácticamente todo el alumnado. En
segundo recogieron firmas para echarlo, pero yo me negué a que mis padres
firmaran, no quería involucrarme en esa locura. Conseguí aprobar con él al
final del todo, pero me costó y a base de clases particulares, salí adelante.
Respecto a
Biología, seguía teniendo la misma profesora, Sonia, aquella que confiaba en
mí, y me dio muchas pautas para “madurar”. Creo que algo se olía acerca de mi personalidad,
pues sus consejos no eran “debes estudiar más o trabajar más” como le decía al
resto de la clase. Ella siempre me decía que tenía que confiar más en mi misma
y plantar cara a los fantasmas que tenía en la cabeza. Que debía creerme que
valía, porque de no ser así, estudiar con todo eso en la cabeza no sería
productivo y por eso luego en los exámenes no rendía tanto como demostraba cada
día que me preguntaba el temario.
Nuestra tutora
era una mujer algo insegura. Todos los días estas dos chicas tenían preparado
un largo repertorio de burlas y la mujer acababa fatal de los nervios. En una
ocasión le hicieron incluso llorar. Conseguían sacar de sus casillas a
cualquiera. Una vez esta mujer, la profesora habló conmigo, me dijo que veía
algo diferente en mí y que no me dejase arrastrar por la corriente. Que
explotara mis dotes y que no tuviera miedo. Hasta día de hoy no he podido darme
cuenta de que esa mujer estaba totalmente al corriente de que lo estaba pasando
mal en clase, sobre todo con esas compañeras. Supongo que ella no sabía actuar
en contra de eso, pues tampoco sabía cómo frenarlas para que no se metieran con
su persona.
Bachillerato.
Primero.
Bachillerato, la época en la que,
tu mayor preocupación, probablemente sea aprobar, aunque algunos idealistas nos
frustráramos continuamente por no tener claro qué sería de nosotros en un
futuro.
Es cierto y
estoy orgullosa de admitir que en cuarto mi mentalidad había cambiado
muchísimo, para bien y para mal, dependiendo de en qué aspectos de la vida
queramos mirar. Sin embargo, seguía teniendo una personalidad algo “blandita” y
amoldable. Tanto es así, que no me atreví a hacer un bachillerato de artes, que
era lo que verdaderamente quería, porque todos me comentaban que no tenía
salidas y además, estaría sola. Por lo que acabé metiéndome en un bachillerato
que ni siquiera me gustaba, de Ciencias Jurídicas, donde daba matemáticas y
latín. También ayudó que una orientadora me dijo que si quería estudiar
psicología me metiera en Sociales.
No obstante,
llegué a Bachillerato, más positiva. Como siempre, seguía teniendo mucho miedo
al cambio, pero mi actitud difería bastante a la adoptada hasta ahora. Comencé
a utilizar el humor, el sarcasmo como vía de escape a mis inseguridades.
Tarde me costó darme cuenta de que estudiar
algo que no te gusta, es un error. ¿Pero qué iba a hacer? Estaba haciendo lo
que se suponía que se esperaba de mí. Porque para ser sincera, nunca había
estudiado de corazón, quiero decir que no estudiaba porque fuese bueno para mí
o porque fuera lo que realmente quería. Yo lo que quería era tener la
aceptación de mis padres, que ellos confiaran en mí y me dieran su aprobación.
Rápidamente las notas de las que siempre había
podido presumir y con ello mi etiqueta de empollona fueron cayendo. Las
matemáticas se me daban fatal, me costaba un trabajo horrible aprobar un solo
examen, Filosofía directamente ni siquiera entendía lo que estaba estudiando y
Lengua… Lengua iba muy mal. Siempre me había encantado Lengua y se me daba
bastante bien.
Respecto a
Historia, me iba genial, pero no sé por qué razón, un examen me salió mal
porque tenía la cabeza en otra parte en aquella época muy melancólica. Por
consiguiente, suspendí el trimestre por ese examen. Y al año siguiente me
enteré, que como no lo había recuperado en septiembre, ahora tenía que
recuperar Historia para el mundo Contemporáneo entero. Me quería morir.
Ese mismo año
me enteré, que la orientadora que me “orientó” se había equivocado, pues habían
cambiado Psicología a Ciencias, así que realmente no pintaba nada allí en ese
Bachillerato que estaba haciendo.
Segundo.
Parecía que todo iba de mal en
peor. No solo me estaba costando muchísimo trabajo sacar las asignaturas, sino
que tenía tres pendientes de primero: Historia, Lengua y Matemáticas.
Los profesores
de aquella época, de aquel instituto nuevo concretamente, no me aportaron nada.
No eran ni la mitad de buenos que los profesores que he tenido en el otro
instituto, en el de los “malos alumnos gamberros”. Los profesores de este
instituto no se preocupaban por el alumno, o tal vez sí, pero solo de los que
conocían desde la ESO, y nosotros veníamos de otro lado. Nunca me llegué a
integrar del todo. Solo con una profesora de latín que era muy dulce y
exigente, enseñaba de maravilla. También con un profesor de religión, he de
decir que no me considero cristiana, tengo mis propias ideologías, pero siempre
di religión porque mi madre pensaba que era lo mejor para que no hablaran mal
de nosotros en el pueblo. En segundo elegí yo libremente dar religión, a pesar
de no creer en eso, pero este profesor era bueno de verdad y las cosas que
decía podían aplicarse no solo al dogma cristiano sino a cualquier ámbito de la
vida. Él nos enseñó una serie de valores, una moral, una consciencia de ayuda
al prójimo que jamás nadie en la vida me había enseñado ni me había hecho ver
de esa forma. Y él aceptaba a cualquier persona en sus clases fuera cristiano,
musulmán, ateo o lo que fuese. Eso me encantaba de él.
Por otro lado,
profesores que no me gustaban nada de nada fueron precisamente los de las
asignaturas que me quedaron. Historia la aborrecí. Siempre me había encantado
Historia, me parecía interesante y bonita, pero este profesor que me había
tocado hacía que Historia fuese el tostón más horrible y pesado del mundo. Sus
clases se limitaban a: Profesor sentado en la mesa, leyendo unos apuntes en voz
alta, sin ningún tipo de aclaración. Cuando le hacías alguna pregunta, tenía
que volver a leer el texto entero para que tú captaras la idea. Además su tono
de voz era siempre el mismo, apagado y aburrido. Tenía un terrible defecto: Se
dejaba llevar por las apariencias.
Con
matemáticas seguía teniendo el mismo problema de siempre: No entendía nada. Así
que suspendí todos y cada uno de los exámenes que hice en clase.
Un problema
que tuve durante todo bachillerato, era mi afán de creerme la heróina del
mundo, la luchadora de las causas perdidas. Parecía como que para sentirme yo
bien conmigo misma, tenía que ayudar a los demás. Pero mi forma de hacerlo no
los estaba ayudando, solo me estaba perjudicando a mí, porque no entendía lo
peligroso de involucrarte en la vida de una persona conflictiva, pensaba que
todo el mundo merece una oportunidad y que todos pueden cambiar y mejorar. Lo
que no sabía es que para ello tienes que ser experto y no una simple
adolescente demasiado emocional y sensible aparentando ser de piedra. Y todo
eso me perjudicó mucho en Bachillerato, porque fueron muchas bajadas y subidas,
pero finalmente llegué a mi objetivo… En septiembre.
Frustración y espera.
Llegué a
Selectividad no sin antes haberme informado previamente con el orientador del
instituto sobre todo lo que necesitaba. Me dijo que debía poner la asignatura
que mejor se me diera en la específica y la que peor en la general (Primer
error: Lo que se pone es dependiendo de cuánto te pondere, no de tus gustos).
También me dijo que podía echar un ciclo de grado superior sino me admitían en ninguna
carrera por ser septiembre (Segundo error: Los ciclos cierran su matrícula unos
días antes de que empiece Selectividad).
Yo iba con la
idea clara de hacer selectividad, después meterme en un ciclo de grado superior
de Imagen o bien de Audiovisuales y luego ya la carrera, que podría entrar
porque tendría dos notas la de selectividad y por si acaso la del ciclo.
Entonces decidí solamente hacer la fase general, porque la específica caduca y
la tendría que volver a hacer al salir del ciclo. Pues decidí hacer solo la
general y la específica retomarla cuando terminase.
¿Qué fue lo
que pasó? Que hice selectividad en septiembre, aprobé, estaba muy contenta y
tal, pero cuando llegué al centro donde quería hacer el ciclo para echar la
matrícula me dijeron que llegaba tarde, que ya se había cerrado, que eso se
hacía antes de selectividad y no como a mí me habían dicho. ¿Y ahora qué hacía?
Sin poder entrar en el ciclo de grado superior y sin haber hecho la parte
específica, por tanto sin la suficiente nota para entrar en alguna carrera. Fue
muy frustrante.
Pero a pesar
de todo, intenté enmendarlo. Cambié el chip. Era verdad, yo tenía mucha energía
y tenía que emplearla en algo que me resultara útil, no en amargarme por todo
lo que me rodeaba en aquel momento. Así que decidí aprovechar el tiempo. Bien,
no iba a poder estudiar nada, pero eso no significaba que me fuera a quedar
parada.
Así, me apunté
a una Academia de Inglés para sacarme el B1 que me haría falta para la carrera.
Me apunté además a la autoescuela. En menos de un mes ya tenía el teórico, el
práctico me costó un poco más, estuve más tiempo porque no sabía ni tan
siquiera arrancar el coche. Nunca me había montado en un coche y eso se notaba.
Pero en dos o tres meses, conseguí sacármelo todo a la primera.
Ese mismo año
comencé a vender AVON para pagarme mis gastos, además lo bueno es que siempre
tenía maquillaje y productos por ser distribuidora. También me dediqué a
limpiar casas de familiares, especialmente de mi abuela que quería contratar a
una mujer. El dinero que ganaba limpiando no lo veía, iba directamente a pagar
el carnet del coche.
Y mientras
realizaba todo esto, me preparaba las asignaturas específicas de selectividad:
latín y geografía. El caso es que al final suspendí geografía y aprobé latín
con notable. Lo que más coraje me dio fue saber que si no le llego a haber
hecho caso al orientador y en lugar de poner matemáticas en general y latín en
específica, lo hubiera puesto al revés, sacando las mismas notas que saqué,
hubiera tenido un 10 y pico, y en cambio tuve un 7 y poco. Por lo que no me
daba la nota para prácticamente nada de lo que quería. Aquello me frustró
muchísimo más.
Lo que tenía
claro es que no me iba a quedar otra vez sin hacer nada. Así que ni corta ni
perezosa, puse doce carreras en el listado, doce por las que me sentía algo
interesada, que no me importaría estudiarlas, o bien que me podían ayudar a
acceder a otras.
Primera
adjudicación: Nada. Segunda adjudicación: Nada. Tenía ganas de morirme.
Preparé todos
los papeles, diez grados superiores y diez grados medios, sino me admitían en
ninguna carrera, en algún grado me tendrían que admitir. No podía volver a
pasarme lo mismo.
La misma
mañana que había que echar los grados superiores y medios, me llegó un mensaje:
Admitida en Pedagogía. Iba a morir de felicidad. ¡Estaba admitida! Ahora el
dilema el siguiente: Si la aceptaba, tal vez perdería la oportunidad de que me
admitieran en otra que tuviese por delante. Si la rechazaba, tal vez no me
admitieran en ninguna más y tuviera que conformarme con otra peor o con
ninguna. Finalmente la acepté, como ya podéis comprobar.
Universidad: Grado en
Pedagogía
Finalmente llegué a mi objetivo.
Al principio
no estaba convencida de si era la carrera de mi vida, tenía metido en la cabeza
que no, y que después, estudiaría otra cosa porque no quería darme por vencida
y tirar la toalla tan pronto ahora que había llegado hasta ahí después de tanto
esfuerzo.
Pero fue
pasando el tiempo y fui aprendiendo de la pedagogía, también de mí misma. Poco
a poco, comprobé que sí que estaba en el lugar adecuado, en el momento
adecuado, no me producía tanta vergüenza ni desesperación haber perdido un año.
Aunque tengo que añadir que me costó años ver una meta bien definida, puedo
decir que ahora en cuarto de carrera, aún la tengo difusa.
Me ayudó mucho
cambiar de aires, salir del pueblo y conocer gente nueva. En la Universidad
conoces a muchísimas personas con gustos similares a los tuyos, o estilos de
vida, de pensamiento… Aunque al final acabas haciéndote amiga de personas que
puede que tengan muchas diferencias respecto a ti. Es la forma de
complementarse.
Aunque al
principio estaba encantada con tanta gente diferente, con el tiempo me ha ido
decepcionando la idea de competitividad que se derrocha por aquí y una
costumbre de pisar a los demás para tener las mejores calificaciones, cuando
las competencias de un pedagogo deberían ser la empatía y trabajo en equipo.
Por otro lado,
he conocido muchos profesores que me han motivado y despertado curiosidades en
mí que ni siquiera sabía que existían. Aunque también encontré profesores que
no me han aportado absolutamente nada, o a veces, incluso algo negativo. Pero
predominan los que me resultaron interesantes, porque de casi todas las
asignaturas he aprendido mucho y he podido ir realizándome a medida que ha ido
pasando el tiempo.
Mi vida ahora
se resume en el ámbito académico. A veces me siento mal porque no tengo
relaciones sólidas debido a que mi prioridad es esto. Supongo que me he cerrado
en torno a la universidad de manera progresiva, mediante he ido viendo que las
relaciones de todo tipo se me daban mal, y que en la universidad me sentía
entretenida aprendiendo y que además, me gustaba.
Una cosa que
he aprendido en la Universidad ha sido a ir desarrollando un pensamiento de
consciencia con el ambiente muy fuerte. Digamos que soy un poco activista e
intento contribuir para frenar todas las causas que me parece que deben
acabarse. Esa es otra razón de por qué alguna gente llega a pensar incluso que
estoy un poco flipada. Piensan que me involucro demasiado con la política,
algunas prácticas ecológicas o la lucha de derechos, ya que consideran que todo
eso no sirve para nada. Esto también ha conseguido que yo me haya hecho mucho
más selectiva a la hora de hablar con la gente de temas que a mí me apasionen,
ahora sé que no puedo argumentar con cualquier persona, porque acaba siendo un
sinsentido. Por otro lado, siempre me he considerado una persona tolerante,
pero lo que no tolero es que no se respeten mis creencias. Y en eso me he ido
volviendo cada vez más dura.
Otra cosa que
he desarrollado en la carrera, sobre todo este último año, ha sido la capacidad
de detectar la toxicidad de ciertas actitudes personales y sociales. Poco a
poco, estoy intentando corregir eso, intentar no dejarme arrastrar por esa
toxicidad que me rodea, e intentar no transmitirla yo misma. Porque hay muchos
pensamientos que no resultan sanos y los tenemos tan interiorizados que es
difícil desprenderse de ellos cuando te han acompañado toda tu vida.
He aprendido
en muchas asignaturas a encontrar la raíz y explicación de algunos problemas
personales que me han atascado mucho durante mi vida, y eso me ha hecho
reflexionar, aprender e intentar solucionarlos. Supongo que aún me queda mucho
por aprender e iré mejorando como persona y como profesional para no tener esas
carencias.
Para
finalizar, he de decir, que tengo una visión bastante positiva de lo que vendrá
a continuación.
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